Santa Criz de Eslava
Santa Criz de Eslava

Santa Criz de Eslava

Recreación de Santa Criz

Recreación aproximada de Santa Criz en el siglo II

Al sur de la localidad de Eslava, a poco más de 50 km de Pamplona, emerge el cerro de Santa Criz, que con sus 544 m de altitud permite una amplia visibilidad del entorno. Este yacimiento arqueológico abre parcialmente al visitante sus entrañas para mostrar los restos de un asentamiento estable cuyos orígenes se remontan a la Edad de Hierro, habitada por primitivos vascones, que vivió sus momentos de máximo esplendor en época romana hasta languidecer como torreón defensivo en la Edad Media, quedando tan sólo el recuerdo de un lugar religioso San Quiriç (s. XIII) o Santa Cruz de Eslava (1802).

Estratégicamente situada entre barrancos que desaguan al río Aragón, este enclave llamó la atención de los estudiosos al descubrirse en sus proximidades, junto a la Fuente del Moro, allá por 1917, un miliario datado en el siglo III de nuestra Era.

Durante la primera mitad del siglo XX diversos eruditos se refirieron al lugar por la abundancia de los restos que en él afloraban. Entre ellos, en 1934, el conocido Padre Escalada S.J., quien, en su pasión por engrandecer el Castillo de Javier epicentro de sus actividades, da a conocer diferentes hallazgos romanos que llevó al museo del castillo y habló de dos vías romanas por Aibar. Estos antecedentes motivaron la intervención, desde la Institución Príncipe de Viana, de los especialistas Taracena, Vázquez de Parga y Gil Farrés, los cuales llevaron a cabo una serie de exploraciones de las que desafortunadamente tan solo trascendió un escueto párrafo descriptivo en un artículo de carácter regional.

La segunda mitad del siglo pasado cuenta con una nueva intervención de campo de baja intensidad, esta vez de Juan Maluquer de Motes, de la que no se han conservado, salvo exiguos restos de cultura material básicamente cerámicos, ningún tipo de dato gráfico o escrito, así como tampoco la ubicación física de lo sondeado.

Estas actuaciones, a pesar de la escasa repercusión en la literatura científica, generaron posteriores acercamientos de otros especialistas como Blázquez, Mezquíriz, García y Bellido, si bien tangenciales puesto que no se llevaron a cabo sobre el terreno sino que consistieron en la publicación de algunos materiales recogidos por vecinos del pueblo o por el propio Padre Escalada.

Para el despertar de Santa Criz hubo de demorarse más de dos décadas, hasta que un proyecto de investigación personal de las arqueólogas María Pilar Sáez de Albéniz, María Rosario Mateo y Rosa María Armendáriz certificara de manera definitiva la complejidad y riqueza del asentamiento. Desde la primera fase de intervención llevada a cabo entre 1994 y 1996, hasta la segunda de 2006 a 2015, las investigadoras han contado con el concurso inestimable y necesario del Ayuntamiento de Eslava y del Departamento de Cultura del Gobierno de Navarra para encauzar un proyecto arqueológico ambicioso, que comienza socialmente a dar fruto mediante la consolidación y puesta en valor de los restos ya excavados.

Excavaciones en Santa Criz 2009

Vista aérea de las excavaciones en 2009

A priori, no resulta fácil explicar la presencia de una civitas en dicho lugar por la fragosidad de la serranía y su alejamiento de las vías romanas más conocidas. Si que se entiende la implantación en época prerromana de un oppidum ya que las características defensivas del cerro, la abundancia de bosque y pastos y la cercanía a terrenos aptos para abastecer de alimentos a una población, cumplen ampliamente los requisitos de los poblados de la Edad de Hierro. Nos situamos en torno a los siglos IV-III a. C., cuando la sociedad de la región evolucionó hacia la concentración de la población en ciudades-estado, con élites dirigentes que garantizaban la estabilidad y el control del territorio. De hecho la historiografía no ha tenido dificultad en reconocer a Santa Criz como castro del área vascónica oriental de la Navarra Media.

A la potencialidad económica subrayada habría que añadir las posibilidades metalúrgicas del entorno. Es conocida la existencia de vetas de carbonatos de cobre al pie del yacimiento, en el paraje de Artamaleta, así como de hierro y cobre en término del municipio de Gallipienzo donde se constatan concesiones de explotación de estos minerales hasta principios del siglo XX (Fuente: Archivo General de Navarra).

Sin embargo, la duda sigue en pie. ¿Qué impulsó a los romanos a potenciar una ciudad en este lugar? La respuesta tiene que buscarse no sólo en la potencialidad económica del lugar, ya que hay otros muchos parajes de características similares, sino también en la historia. El yacimiento prerromano debió tener cierta importancia para que se mantuviera en época republicana y se engrandeciera en época imperial. Los vascones que lo habitaban debieron verse favorecidos por su pacto de aliados de Roma y, a su vez, por la política de César continuada por Augusto (siglos I a.C. y d.C.), al potenciar y promover al rango de municipio varias ciudades indígenas. (En el propio Valle del Ebro por ejemplo Bilbilis, Ilerda, Osca…). Posteriormente, la Lex Flavia, dictada por Vespasiano (69-79 d.C.), supuso mayor integración en el ámbito del imperio ya que esta política facilitó que el desarrollo urbano y la municipalización, es decir, la construcción de edificios al estilo de Roma, y la implantación de las estructuras jurídicas latinas se produjeran a la vez.

Demarcaciones jurídicas en Hispania

Demarcaciones jurídicas en Hispania (Sulzer, J. / Reimer, Dietrich/ Kiepert, Heinrich)

En el marco de la administración romana, nuestro yacimiento perteneció al Conventus caesaraugustanus, uno de los siete conventus en que dividió Augusto la provincia imperial Citerior o Tarraconense. Sin embargo los municipios funcionaban con bastante autonomía, interviniendo los magistrados tan sólo en casos de extrema necesidad. Sólo debían hacer frente a los impuestos estipulados.

En Santa Criz de Eslava, limitaciones del espacio físico debieron dificultar el desarrollo del programa arquitectónico romano a gran escala, pese a ello, es evidente que no renunciaron a levantar los edificios públicos y privados imprescindibles diferenciando la ciudad de vivos, en la acrópolis, de la ciudad de muertos o necrópolis ubicada en el llano.